El viernes pasado acompañé a mi hija en su viaje a Universal Studios en Orlando, con sus compañeros de 5to. grado. Fue un paseo de un día en autobús, en el que salimos a las 5:30 a.m. y regresamos a las 11 p.m. Fue extenuante, pero nos divertimos mucho y el tiempo cooperó.
Físicamente me sentí estupendamente, a pesar de estar sentada durante 8 horas en un ruidoso autobús lleno con niños en la edad de la pre-pubertad, 6 horas caminando y subiéndome en todas las atracciones excepto en la nueva y espeluznante montaña rusa. (Aunque mi hija lo lamentó). Me sentí orgullosa de mi misma por poder estar a la altura de los niños y a veces, hasta comportarme mejor que ellos en el departamento de dolores en los pies.
Me sentí también orgullosa de que pude despreocuparme de todo lo demás y divertirme. Traté de no pensar en mi cirugía de cáncer del seno, ni en la cirugía reconstructiva, ya próxima. Hubo solo una cosa por la que sí me preocupé: el medicamento tamoxifen que estoy tomando.
Cuando llegó la hora de tomarme la pastilla, me pregunté si subirme en esas atracciones algo violentas sería una mala idea. Se sabe que el tamoxifen aumenta el riesgo de desarrollar coágulos sanguíneos y accidentes cerebrovasculares (strokes), así que esto me preocupó.
Afortunadamente, pude dejar a un lado estos pensamientos y recordar que “sólo se vive una vez”. Sé que tengo que vivir plenamente y disfrutar de cada minuto, y eso fue exactamente lo que hice. Viví. Disfruté. Me di cuenta de que mi vida puede en gran parte ser como era antes. Sentí alegría y espero poder hacer más de este tipo de paseos en el futuro. Pero la próxima vez, tal vez no me suba al ruidoso autobús lleno de muchachos y en su lugar, me vaya a un relajante spa.





